Eterna viajera

Un alto en el camino

Lisboa, 5 de octubre de 2016. 26 grados, calorazo.

Lisboa

Parar para coger aire. Eso es lo que hicimos en la encantadora Lisboa. Tras varios días/semanas de despedidas y noches locas en Barna city por fin llegó el momento tan esperado (más rápido de lo que parecía) de coger nuestras mochilas (aún tenemos que ponerles nombre) y echar a andar.

Todo fue tan normal, tan real y a la vez tan extraño: esperar al bus, llegar al aeropuerto, facturar, pasar el control de seguridad y un largo etcétera, actividades hasta cierto punto cotidianas que habíamos hecho miles de veces. Hasta que no estábamos montadas en el avión no empecé a ser consciente del tremendo quilombo en el que nos estábamos metiendo (y aún así creo que todavía no tenemos ni puta idea).

Nos pusieron un piscolabis, y en menos que canta un gallo portugués ya habíamos aterrizado en Lisboa. Coger las mochilas de nuevo y centrarse: nuevo país, nuevo idioma, y nosotras aún en la misma nube. Nos fuimos a cenar a una cervecería alemana (sí,no encontramos otra cosa), esperando el momento en el que Samuel, nuestro primer host de CS saliese del curro (también en el aeropuerto, ¡que casualidad!) y nos acompañase a su barrio, Chelas. Muy amablemente nos enseñó todos los entresijos de su piso y nos acomodamos. Sin casi darnos cuenta amanecimos con dolor de espalda en un colchón enano, en un salón enorme, que por cierto compartimos con dos chicas rusas muy altas y espigadas (¿será que todas son así?).

Cena alemana en Lisboa

Como nos gusta siempre tener una de cal y otra de arena, o la aventura es así, la segunda noche dormimos en un hostel muy céntrico de techos altos. El día pasó como si de una escapada de fin de semana se tratase; comimos un rico sandwich de puerco en Plaza Camoes para coger fuerzas para el free tour, era el único día en Lisboa y había que aprovecharlo. El free tour es una manera estupenda de hacerte una idea en unas horas de lo que una ciudad puede ofrecerte, y está presente en casi todas las capitales europeas. Lo que lo distingue de otros es que a guía se le paga al final, según lo que te haya gustado el tour. Al caer la tarde, tras descansar un ratin en el hotel montamos en el famoso tranvía 28 (sí,como la canción) que, a pesar de llenarse de guiris no ha perdido su encanto. Es increíble imaginarse cuantos tipos distintos de gente se habrán subido en él desde que echó a rodar en los años 30.

Elevador

Y ya está, ¡ahora a cruzar el charco! Que extraño resulta todo cuando una está apunto de cumplir un sueño…Es cómo si de un momento a otro alguien fuese a pellizcarme y a decirme… ¿pero te lo habías creído? No importa lo que pase a partir de ahora, sino que hemos dado el primer paso, y el más difícil.

 

Buenos Aires… ¡allá vamos!

 

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