Eterna viajera

Montevideo: mirando al mar

Montevideo, Uruguay. 18-22 de Octubre 2016. Sol y nubes, 15 grados de media.

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“Hay ciudades que miran al río y otras que le dan la espalda” nos dijo Paula, nuestra nueva amiga uruguaya, mientras paseábamos por la magnífica rambla de su ciudad. Montevideo, sin duda, es del primer tipo, y sus 10 km de rambla siempre llena de gente caminando y, como no, tomando mate, dan fe de ello.

Puesta de sol desde la rambla.

Puesta de sol desde la rambla.

Los recorrimos de diferentes formas: cuando Néstor, un pariente lejano y muy cercano a la vez, se ofreció a darnos un paseo nocturno en su coche para tener una vista general de la ciudad y sus barrios; y cuando, tras varios días de lluvia, nuestra última tarde por fin pudimos salir a recorrerla y disfrutar de una preciosa puesta de sol junto al río. Montevideo tiene un affair con su río. El río de la Plata termina en ella, convirtiéndose en el Océano Atlántico, lo que le otorga una ubicación estratégica, y la capital uruguaya lo sabe.

Todos los edificios están orientados al río, sobre todo los del antiguo barrio de pescadores dónde hoy se sitúa el famoso “mercado del puerto”, demasiado turístico para mi gusto, y con la rara avis de que en él sirven más carne que pescado. ¡Que amor le tienen estos uruguayos a sus vacas, sobre todo si son a la parrilla! También miran al río los modernos edificios de los barrios más pudientes de la urbe, un poco alejados del centro pero con el privilegio de sus vistas y sus parques dónde los ejecutivos se cambian su traje por el chándal para hacer deporte al caer el sol, o disfrutan de sus playas los fines de semana.

Paseando con Paula por el centro.

Paseando con Paula por el centro.

Uruguay nos encantó, y Montevideo, como no podría ser de otra manera, también. La ciudad nos recibió con una fría tormenta, que contrastaba con la calidez de la bienvenida de Paula y Gisela, quiénes nos acogieron 4 días en su casa y nos regalaron charlas y risas los días de lluvia y agradables paseos con mucha historia en los días de sol. ¡Y unas exquisitas lentejas!

En estos paseos descubrimos una ciudad que es cómo un pueblo: no da esa sensación de gran capital llena de coches y gente con prisa, al contrario, es tranquila como sus habitantes, y por supuesto, ¡muy verde!. Visitamos la ciudad moderna con sus tiendas y teatros, la ciudad vieja con sus grafittis, el puerto con sus enormes contenedores…. y no nos cansamos de recorrer.

Arte callejero en la zona portuaria.

Arte callejero en la zona portuaria.

Nos empapamos de historia uruguaya y nos enteramos de la existencia de un tal general Artigas, libertador de Uruguay, al que los ciudadanos idolatran, y que incluso tiene un enorme mausoleo de piedras en su honor, custodiado por los guardias tan tan serios que ni te devuelven la mirada cuando les regalas una sonrisa. Como dije, estos uruguayos se toman la vida muy en serio.

Estatua de Artigas y edificios que me encantaron.

Estatua de Artigas y edificios que me encantaron.

Ah, ¡y también arreglé mi móvil por fin, ¡yuhuuu! Eso sí, previo pago de 4.400 pesos, así que nota mental: si sois tan torpes como yo, tened mucho cuidado que arreglarlo sale por un ojo de la cara. Bueno, en realidad, como cuenta mi amigo Gustavo en su blog, todo sale carísimo en Uruguay, ¡hay cosas que incluso el doble que en España! Actividades cotidianas como tomarse una caña, un café o ir al súper son aquí de lujo; sobre todo para un presupuesto mochilero como el nuestro de 20 euros diarios que hace tiempo tiramos por los suelos.

Días después descubrimos que, por lo visto, en Ciudad del Este (Paraguay) existe un paraíso libre de impuestos dónde venden electrónica, colonias y hasta edredones mucho más baratos. Lugar que nunca llegamos a visitar.

Por cierto, Montevideo tiene una relación muy especial con nuestro querido carnaval gaditano. Para muestra un botón.

2 pensamientos sobre “Montevideo: mirando al mar

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